Todos los días son necesarios

Hace un par de semanas leí el último libro publicado de Pedro Mairal. Había escuchado que era bueno, que me iba a gustar. Aún no entiendo bien por qué me demoré tanto en empezarlo. Del autor no sabía mucho, ya que no había leído nada de él hasta entonces.

El día que empecé a leer La Uruguaya estaba en Maitencillo con un grupo de amigos. Recuerdo que el primer pensamiento que tuve fue: ‘Ojalá pudiese hacer que toda esta gente desaparezca y quedarme sola’. Sentí la necesidad de seguir leyendo, de no detenerme, de querer acompañar al protagonista, pese a no saber lo que iba a suceder más adelante.

El día que terminé de leerlo, no supe si empezar a llorar, reírme a carcajadas o simplemente mantenerme en silencio. El último libro que me había gustado tanto y me había dejado con una sensación parecida fue Quiltras de Arelis Uribe. Creo que en ambos encontré amor, pero a la vez desesperanza. Esa mezcla exquisita, en la que lo triste se vuelve hermoso.

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La Uruguaya es un libro profundo, íntimo y cotidiano. Nos muestra que la vida está cargada de episodios agridulces y desafortunados, pero a la vez necesarios. Porque son esas pequeñas angustias cotidianas las que nos ayudan a darle sentido a todo lo demás.

Lucas Pereyra, el protagonista de este libro, es víctima y victimario. Nos hace querer alentarlo y apoyarlo en su travesía, desde afuera, sintiéndonos espectadores de una situación que nos es completamente ajena. Y al mismo tiempo logra que nos sintamos identificados con lo bueno y lo malo que le toca vivir. Porque todos hemos tenido y seguiremos teniendo días de mierda, días en los que el mejor plan hubiese sido quedarnos en casa, encerrados en nuestro espacio seguro.

Hoy se jugó la final de la Copa Confederaciones 2017. Chile perdió contra Alemania. En las redes sociales aparecen mensajes de orgullo y apoyo a la selección chilena, pero también algunas críticas a Marcelo Díaz, por el error que cometió. Marcelo, te aseguro que este día es necesario. No sólo para ti, sino que para todos los que queríamos ganar. No se pudo. A veces pasa.

Lo más importante de todo es aprender a querer y respetar la vida con todos sus días. Especialmente esos en los que a las diez de la mañana te sentiste ganador, y a la medianoche lo único que querías era dejar de existir. Porque así es la vida en el fútbol, en el amor y en La Uruguaya, quizás algo predecible… pero absolutamente inevitable.

Trátame suavemente

Existe un espacio entre tú y yo desbordado de asuntos pendientes. Un espacio que se nutre de supuestos, de lo no dicho, de verdades a medias. Es precisamente en ese espacio y no otro, en el que habita mi angustia y las ganas de huir de esta vida que me es incómoda. Entonces decido citarte para hablar de lo nuestro, de esta relación que has decidido mantener suspendida en el tiempo.

Son las siete de la tarde y faltan sólo dos horas para enfrentarme a ti y a esa verdad postergada a la que tanto le temo. Empiezo por la ducha, siento cómo el agua se lleva la cobardía y me prepara para lo que sigue. Pasan un par de minutos, busco la toalla aún con los ojos cerrados y seco mi cuerpo. Lo reconozco después del olvido, lo vuelvo a acariciar. Me dirijo a la habitación y busco el Ultraviolet, lo presiono dos veces sobre mi cuello. Lo reconozco después del olvido, lo vuelvo a disfrutar. Sobre la cama descansa el vestido negro de Banana Republic que compré en tres cuotas sin intereses. Me visto y calzo ese par de zapatos con taco aguja que he usado una sola vez.

Son las ocho de la tarde y faltando una hora aún debes preparar la cena. Exprimes diez limones, la mitad para el pisco sour y la otra para el ceviche de salmón que tanto te gusta. Buscas en Spotify una lista de rock argentino y mientras logras conectarte con los recuerdos de tu última época de soltería, te cortas el dedo anular de tu mano derecha con el cuchillo Tramontina que te regalaron la semana pasada. Siempre has sido torpe y lo sabes. Pero ya no te juzgas, sonríes con la mirada y vas al baño por un parche curita. Te cuidas, después de tanto olvido, decides volver a hacerlo.

Son las nueve. Ya es de noche y está todo listo. Todo tal y como lo imaginaste. Sobre la mesa de centro, un Cabernet Sauvignon que te costó descorchar, dos velas rojas encendidas y un Lilium blanco. Una copa a medio servir y frente a ti un espejo de cuerpo entero. Mientras bebes un poco de vino aparecen las primeras lágrimas. Te observas durante un par de minutos hasta que te reconoces después del olvido. Después de tantos años en los que has decidido mentirte y abandonarte. Sabes que no eres la misma, pero ya no te sientes sola.

Barquito de papel

Quiero reproducir este video por siempre

Não sinto tua falta

Não sinto falta do teu cheiro de perfume importado / Que se portou de mim

Não sinto falta do teu olho repuxado / Nem do teu beijo gosto de dente  / Que morde coração envenenado

Eu não sinto tua falta / Não sinto / Nem lembro de você / Nem da tua respiração ofegante

Eu não sinto falta / Eu sinto ânsia / Distância Do teu signo preto / Do teu silêncio-grito

Sinto ânsia e a provoco / Enfio meus dez dedos na garganta / Pra ver se vomito o teu ser Da minha alma

Dolce far niente

El otro día fui a comer con una amiga al restaurante que está al lado del edificio. Es uno de esos rincones que amo de Santiago, porque no sólo la comida es italiana, sino que también sus dueños, la música, el chef y uno que otro garzón.

Mientras cenábamos le conté un par de cosas que quiero dejar plasmadas aquí para nunca más olvidarme de ellas.

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– Siento que una de las cosas que más disfruté del viaje fueron esos breves momentos en los que pude sentarme a contemplar a la gente. Por ejemplo, una vez nos sentamos en una terraza en la costanera de Porto y vimos cómo algunas personas hacían deportes acuáticos. Me hubiese quedado ahí toda la tarde, observándolos mientras tomaba un poco de vino.

– A ratos me canso de la vida y también de las personas. Te juro que lo único que quiero es estar en Puerto Varas o Frutillar, llevarme un par de libros y descansar. Dejar de existir un rato, ponerme entre paréntesis. Quitarme esta cara de asco, y al fin dejar de estar incómoda.

– Eso que a la gente le pasa con el gimnasio a mí me sucede con los libros. Llegué al punto de que si no leo, me angustio y me pongo de mal humor. El cuerpo, la mente y sobre todo el corazón me lo piden. Me gusta esa sensación, esa consciencia de necesitar algo que me hace bien.

– Creo que, después de todo, los papás hacen lo que pueden. Si lo pienso bien, todo pudo ser muchísimo peor. Mis papás no tuvieron buenas bases. Es un milagro que hayan llegado tan lejos con tan poco, son unos sobrevivientes. No los quiero culpar más. Me aburrí.

– Desde hace un tiempo hasta ahora, cada vez que conozco a alguien, llega el momento en el que me pregunto: ¿qué debo aprender de esta persona?, ¿por qué la conocí?, ¿por qué justo ahora? Y las respuestas llegan, tarde o temprano aparecen en un libro, en un sueño o una canción. A final de cuentas nada ocurre a destiempo.

En resumen, hay que agradecer más y quejarse menos.

Un amor genuino y fuera de control 

Era nuestro primer verano en Caburgua y él se había propuesto como meta personal enseñarme a nadar. Mi padre me sostenía suspendida sobre el agua mientras le pedía que no me soltara. Le decía que tenía miedo, que me iba a ahogar. No, papá. No quiero. Estuvimos toda la tarde metidos en el lago hasta que los labios se me empezaron a poner morados y los dedos de las manos cada vez se veían más arrugados. Mira, papá. Me parezco a la abuelita. Aprendí a nadar cuando tenía siete años.

Mi mamá nunca aprendió. Tampoco supo jamás cuándo ni cómo flotar. Siempre me decía que tuviese cuidado, que el mar me podía tragar, que las olas eran peligrosas, que el agua era el enemigo.

Mi papá me alentaba a ser valiente y aventurera. Cada vez que se subía a algún roquerío del Salto del Laja, me lanzaba un grito antes de saltar y zambullirse en el agua. Nunca me atreví a ser su cómplice. Pensaba que algo malo me iba a pasar.

El primer piquero fue vergonzoso. Estaba en la piscina del condominio en el que vivía mi abuela, y todos mis amigos se mostraban expectantes. Tenía diez años y las risas que escuché al salir del agua aún resuenan en algún rincón de mi infancia. En ese momento supe que iba a tener que aprender, que no sería fácil, que los piqueros requieren de cierta técnica. Los piqueros son como el amor.

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Piquero nos habla de una emoción latente, de la ansiedad galopante que se gatilla frente a la necesidad de recibir un mensaje o algo que nos permita mantener la ilusión de sentirnos amados. Una respuesta que calme la paranoia de sentir que estás fantaseando solo. Un atisbo de reciprocidad.

Empezar a conocer a alguien debe ser una de las experiencias más vertiginosas que podemos protagonizar. Creo que el miedo siempre está presente de algún modo, porque no queremos sufrir, ni mucho menos hacer daño. Sin embargo, nunca sabemos a ciencia cierta en qué va a terminar. Porque termina, de una u otra manera.

Pablo Fernández Rojas utiliza frases cortas, reflejando la precisión e inmediatez de la lógica del chat. Frases que parecen clavados y que apuntan directo a eso que nos duele. Frases que salpican inocencia, ternura, temor, incertidumbre, tristeza, desesperación. Frases que hablan de amor, amor, amor, pero sobre todo de soledad.

 

 

 

Apagaram tudo, pintaram tudo de cinza

Cierro los ojos y vuelvo al sur. Todo está tal y como lo recuerdo. El Llanquihue mantiene intacta su calma. Camino hasta llegar al Teatro del Lago mientras un viento fuerte me trae de regreso a la realidad. No logro recordar si estuve en Frutillar en algún momento de mi infancia. Me cuesta entender porqué me atrae tanto, porqué desearía estar siempre ahí. Un tanto en paz, otro poco perdida.

Volcán Osorno. Foto- Teatro del Lago

Estoy en el 2012 y es la primera vez que viajo sola. Escojo el sur. Me vuelvo adicta a las letras de Adele. Don’t you remember no deja de dar vueltas en mi mente. Los días me parecen solitarios, algo tristes. Pero inexplicablemente reconfortantes. Estoy en un punto muerto. No voy hacia adelante, pero tampoco retrocedo. Sólo observo y tomo un par de fotografías que jamás volveré a ver.

Me canso, saludo a un quiltro sureño y entro a la cafetería. Pido un té con canela y un trozo de kuchen de durazno. Se derrite, me derrito. El corazón revolotea en mi pecho, busca una salida, pero vuelve a su sitio. Me como todo y me sigo sintiendo sola.

Estoy en el 2013 y vuelvo al sur. Esta vez a Pucón. Ya no estoy sola. Abrazo a mi padre cada vez que puedo, le acaricio el pelo y pienso que estar ahí, junto a él, me hace feliz. El sur tiene eso, una nostalgia compasiva. Un reencuentro constante con el origen de todo lo que conozco.

Estoy en el 2017 y siento tantas ganas de regresar. Esta vez me pienso en una cabaña frente al Lago. Sobre la mesa de centro hay una manta gris con blanco, una copa de vino y un par de libros. Quizás chocolates y una chimenea ansiosa. Estaría sola, pero ya no me sentiría así.

Desde los gatos hasta la raíz de nuestra idiosincrasia.

Cuando tenía dieciséis años una de las situaciones cotidianas que esperaba con mayor ansiedad era el sonido del timbre del colegio que anunciaba el inicio de la hora de almuerzo. Con mi grupito de amigas salíamos corriendo en dirección al casino con la esperanza de encontrar el microondas vacío y así no tener que hacer esa fila interminable para calentar los tallarines con salsa, la carne con puré o lo que a las mamás -y en mi caso, a la Rosita- se les haya ocurrido mandarnos.

Si lo pienso en retrospectiva, quizás esas carreras fueron nuestro entrenamiento personal para poder enfrentar con algo de decencia a las señoras que hoy -sin piedad- se tropiezan en el Metro con la convicción de lanzarse sobre un asiento disponible.

Volviendo al colegio y al casino recordé que mientras compartíamos los zapallitos italianos, el arroz con pollo o el sándwich de turno, disfrutaba con sugerir temáticas de conversación consideradas polémicas, porque que me generaba una gran curiosidad el saber qué opinaban mis amigas al respecto. Hablamos del aborto, la homosexualidad, la legalización de la marihuana. En fin, asuntos que en ese entonces aún eran algo tabú, y que hoy continúan en la palestra con varias deudas pendientes.

En algunas oportunidades me decepcionaba el resultado de la sobremesa, y luego me quedaba pensando en que quizás no había sido una buena idea hablar sobre ese tema en particular. Cerraba el tupperware ya vacío y me prometía a mí misma que los próximos almuerzos serían más livianos. Que hablaríamos de lo que habíamos hecho el fin de semana o de lo que estaba pasando en Mekano o Rojo Fama Contrafama.

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Mientras leía los relatos de Neil Davidson recordé esa época y pensé -sacando de la ecuación nuestra diferencia de edad- que me hubiese encantado tenerlo como compañero de curso. No sólo por el aire fresco de sus reflexiones y puntos de vista, sino que justamente porque creo que es alguien con el cual se podría conversar acerca de todo, y eso me encanta.

Ayer fue la presentación de su libro y tenía todo planificado para poder asistir y decirle: “Me caíste bien, aunque a ratos me pareciste insoportable”, pero luego de una ardua e intensa semana laboral, sólo tuve la energía suficiente para llegar a la casa, derrumbarme sobre la cama y continuar leyéndolo.

Usted está muy mal reúne 54 relatos que a ratos son una suerte de espejo que nos muestran cómo somos, en qué creemos y de qué nos debiésemos avergonzar o reír, según lo que se nos antoje. Es una invitación a observar la realidad con otros ojos, a depurar esas situaciones cotidianas que con tanta naturalidad pasamos por alto y que nos gritan a la cara de qué estamos hechos.