Identidad collage: ser joven hoy.

Desde hace ya algún tiempo he venido escuchando incontables veces el concepto millennial y, honestamente, me tiene hastiada. No por el abuso que se ha hecho de él, sino por todo el revuelo que ha generado. Es más, siento ganas de dejar de escribir en este momento. Pero continuaré, porque quiero expresar un par de ideas al respecto.

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Trabajo realizando estudios de mercado y el año pasado estuve involucrada en un proyecto, que tenía como principal objetivo el segmentar a los millennials. Porque no es como la mayoría piensa. No somos una masa amorfa y homogénea, sino que habemos diferentes tipos de jóvenes. Es cierto que compartimos un contexto socio-histórico que nos influye, pero no nos delimita. Las individualidades tienden a ser más fuertes. La esencia de cada persona sobrevive a la masa.

El asunto es que dentro de esa tipografía también existen aquellos jóvenes que no se sienten identificados con esta etiqueta e incluso juzgan y critican los supuestos valores y características que se han empeñado en adjudicarnos: flojos, poco comprometidos, inconsecuentes, volátiles, ansiosos, egocéntricos, etc. Suma y sigue. Pero, ¿realmente nos ven así?, me pregunto qué hay detrás de tanto rechazo. ¿Miedo?, ¿Resentimiento?, ¿Rabia?

Hace poco leí algo que escribió Constanza Gutiérrez en respuesta a una columna de Óscar Contardo. Ambos relatos dialogaban en relación a la misma temática, pero desde veredas opuestas. No sé si recuerdo bien, pero una frase que me quedó dando vueltas y que he utilizado en mi defensa -porque sí, me he sentido atacada y discriminada por haber nacido en 1987- es: “Esperan que seamos jóvenes de una manera en la que ahora es imposible”. Porque así es. Nos están pidiendo algo que ni siquiera quienes nos rechazan son capaces de hacer. No sé si será el caso de alguno de los que lea esto, pero al menos yo le presto más atención a mi papá que la que él me presta a mí cuando nos sentamos a comer. Él es el que está enviando fotos de lo que estamos comiendo. Él es el que me muestra el último meme que le mandaron sus amigos del colegio, a los que -por cierto- no ve hace, por lo menos, cuarenta años. Es él y no yo.

Pero prefiero parar. No quiero criticar, sino más bien pensar en lo positivo que ha traído la tecnología y las redes sociales a nuestras vidas. Porque creo que la discusión de fondo es ésa, en cómo estas herramientas han modificado nuestras pautas y normas de comunicación y conducta. Parece ser que el principal dolor es producto de la resistencia al cambio, de esta incomodidad que genera el correr un poquito los límites, de lo inapropiado que se percibe el ir más allá de lo permitido. Lo complejo que puede resultar el cuestionarnos, el tener que reflexionar sobre qué es correcto y que no. Porque han habido transformaciones y estoy escribiendo esto para celebrarlas.

Celebro que Maluma pueda llenar el Movistar Arena, aunque muchos lo juzguen por no cantar bien. Celebro que se piense a sí mismo como un producto y que haga lo que sabe hacer: seducir. Aplaudo que se suba al escenario y se comprometa con entretener a su público.

Celebro que alguien que siempre quiso ser fotógrafo, hoy se sienta feliz al compartir sus tomas en Instagram y que les ponga filtro para embellecerlas. Él sabe que no es fotógrafo. Se sabe amateur, pero eso no le resta valor a su satisfacción.

Celebro que alguien que siempre quiso ser escritor, hoy pueda compartir sus pensamientos e historias a través de plataformas online o incluso lo publiquen, porque hay público para todo. Y, para mí, eso es positivo. Aunque lancen títulos como: #ChupaElPerro.

Celebro que personas que siempre han querido aparecer en televisión, hoy puedan crear su propio contenido en YouTube y que las futuras generaciones se estén nutriendo de ello.

Celebro que estemos viviendo en un mundo en el que todo lo que antes no se cuestionaba, hoy genere repulsión. La homofobia y el machismo creo que son los ejemplos más latentes.

Sé que es importante no descuidar el fondo. Sé que no basta con la forma. Es cierto que vivimos en una época en la que no necesariamente debemos estar de acuerdo con lo que pensamos; en la que podemos cambiar de parecer según la información que recibimos minuto a minuto; en la que se nos ha dado el permiso de ser inconsecuentes. Pero, ¿será motivo suficiente para satanizarnos tanto?

A final de cuentas estamos todos en el mismo barco. Somos todos víctimas y victimarios. Algunos tienen mayor capacidad de adaptación que otros, nada más. Creo que independiente de las críticas es importante rescatar los cambios positivos y poner entre paréntesis las etiquetas. No somos todos iguales. Los prejuicios nos nublan la vista y no nos permiten apreciar los matices, las sutilezas, las diferencias entre quienes parecemos iguales.

Me gusta creer que vendrán tiempos mejores, en los que el blanco favorito de los dardos sean otros y podamos reconciliarnos. Porque no es necesario poner tanta resistencia a algo tan simple y bonito. Porque podemos construir y reconstruir nuestra identidad todas las veces que queramos, y no hay nada de malo en ello. Sueño con una época en la que no parezca extraño bailar reggaetón y a los dos minutos abrazarnos mientras escuchamos una canción de José Luis Perales.

 

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Blanco oscuro casi invierno

Todos los días despierto por el exceso de ruido que proviene de los pasillos. La cama es estrecha, pero de todas formas me muevo hacia un lado y luego hacia el otro, intentando estirarme para deshacerme de la fiaca. Abro los ojos y veo que la mancha gris sigue estando en la pared. Pienso casi automáticamente que esa misma tarde, cuando vea a Mariana, le pediré que consiga algo de pintura. Quiero pintar todo de blanco. Seguramente tardaré un día o dos. Si me toma más tiempo, le pediré a Agus que me ayude.

Cojo un par de cosas, voy al baño y me meto a la ducha. Es invierno y las cañerías están congeladas. El agua sale tan fría que es como si estuviésemos en algún país nórdico y no precisamente en Buenos Aires. Me lavo rápido el cabello con un shampoo sin marca y, como no me gusta secármelo, me dejo puesta la toalla un rato y luego me visto para ir a desayunar. Al llegar al casino veo que no hay nada de lo que me gusta. Los huevos están resecos, tampoco hay jamón ni mantequilla. Entonces decido hacerme un té y como de un solo mordisco la última medialuna que sobrevive encima del mesón principal.

Me siento al lado de Agustina y le pregunto cómo le fue con Mariana, no me dice nada y llora. Intento calmarla, la abrazo y le digo que salgamos al patio. Pienso que nos va a hacer bien tomar un poco de aire fresco. Me dice que, en realidad, le gustaría estar en el apartamento de Palermo e invitarme a descorchar varias botellas de vino tinto. Escucharíamos Sui Generis, comeríamos gnocchi al pesto y veríamos alguna peli alquilada en el videoclub que está justo en la esquina. Así es como ella se imagina la vida fuera de aquí.

Le sonrío y le digo que no se ilusione, que probablemente cuando decidan soltarnos, ese videoclub ya no va a existir más. Quizás ni siquiera se usen los VHS. Me dice que no sea boluda, que saldremos pronto y nos reímos con la boca abierta, de una manera muy ridícula y honesta. Estamos en eso cuando tocan el timbre para regresar a nuestras habitaciones, si es que se le puede llamar así al lugar en el que dormís estando en un hospital psiquiátrico.

Agus ha sido mi única amiga durante los últimos dos años. Ingresamos casi en la misma fecha, en algún mes de otoño de 1985. Ella fue la primera en entenderme. Eso es lo que le digo a Mariana, la psiquiatra a cargo de nuestros casos, cada vez que emite juicios sobre lo que cree correcto o no. Estoy segura de que ella nunca ha amado a nadie como yo amé a Flor. Por eso no entiende. Por eso me anestesia a base de Clonazepam.

Estoy harta de los remedios que no hacen más que dejarme aturdida y robarme los recuerdos que aún tengo de cómo era mi vida antes de llegar aquí. No puedo ni quiero olvidar a Florencia. Sé que pude haber hecho las cosas de otra manera, pero no me arrepiento. Lo más duro hasta ahora no fue haber terminado en un loquero, sino que aceptar que -independiente de lo que hiciera- ella ya estaba enamorada de Sofía.

Flor me había dejado de amar mucho antes de que yo pudiera darme cuenta. La distancia que existía entre nosotras se hacía cada vez más real e irreversible. Y no digamos que no intenté reconquistarla o retenerla de una manera más sutil, porque lo hice. Llegaba temprano a casa, la esperaba con la comida servida, me maté bajando varios kilos y ella seguía ignorándome. Sofía, la muy hija de puta, era mi hermana.

Mariana me llama a su oficina y, como es de costumbre, me pide que me recueste en el sofá. Me quedo en silencio y luego de unos minutos empiezo a mirar las manchas que hay en el techo. Pienso que ella también debería preocuparse y pintar todo eso. Qué sucia que es Mariana.

Media hora después, la psiquiatra me pasa la misma portada de siempre, como si se tratase de un test proyectivo. Leo el titular por enésima vez: “Lesbiana de 53 años mata a su única hermana y al amor de su vida”. Espera que reaccione, que diga algo. Pero siempre es lo mismo; me recuesto en el sofá; observo las manchas del techo; pienso en Florencia; pienso en Sofía y repito: No teníamos hijos, pero éramos una familia. Ellas me mataron primero. Me morí hace rato, ¿acaso no entendés?

Antes de salir de su oficina, le pido que gestione la pintura blanca. Me dice que tardará dos días en llegar. Al abrir el tarro me doy cuenta de que no es el color que había pedido, pero no me importa y pinto todo. Termino y cuando se seca, escribo: NO ESTOY LOCA, SOY SÓLO UNA MUJER QUE AMA INTENSAMENTE. Agustina me corrige, me edita y decide borrar la frase antes de la coma.

La pared está limpia y ahora puedo descansar.

Todos los días son necesarios

Hace un par de semanas leí el último libro publicado de Pedro Mairal. Había escuchado que era bueno, que me iba a gustar. Aún no entiendo bien por qué me demoré tanto en empezarlo. Del autor no sabía mucho, ya que no había leído nada de él hasta entonces.

El día que empecé a leer La Uruguaya estaba en Maitencillo con un grupo de amigos. Recuerdo que el primer pensamiento que tuve fue: ‘Ojalá pudiese hacer que toda esta gente desaparezca y quedarme sola’. Sentí la necesidad de seguir leyendo, de no detenerme, de querer acompañar al protagonista, pese a no saber lo que iba a suceder más adelante.

El día que terminé de leerlo, no supe si empezar a llorar, reírme a carcajadas o simplemente mantenerme en silencio. El último libro que me había gustado tanto y me había dejado con una sensación parecida fue Quiltras de Arelis Uribe. Creo que en ambos encontré amor, pero a la vez desesperanza. Esa mezcla exquisita, en la que lo triste se vuelve hermoso.

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La Uruguaya es un libro profundo, íntimo y cotidiano. Nos muestra que la vida está cargada de episodios agridulces y desafortunados, pero a la vez necesarios. Porque son esas pequeñas angustias cotidianas las que nos ayudan a darle sentido a todo lo demás.

Lucas Pereyra, el protagonista de este libro, es víctima y victimario. Nos hace querer alentarlo y apoyarlo en su travesía, desde afuera, sintiéndonos espectadores de una situación que nos es completamente ajena. Y al mismo tiempo logra que nos sintamos identificados con lo bueno y lo malo que le toca vivir. Porque todos hemos tenido y seguiremos teniendo días de mierda, días en los que el mejor plan hubiese sido quedarnos en casa, encerrados en nuestro espacio seguro.

Hoy se jugó la final de la Copa Confederaciones 2017. Chile perdió contra Alemania. En las redes sociales aparecen mensajes de orgullo y apoyo a la selección chilena, pero también algunas críticas a Marcelo Díaz, por el error que cometió. Marcelo, te aseguro que este día es necesario. No sólo para ti, sino que para todos los que queríamos ganar. No se pudo. A veces pasa.

Lo más importante de todo es aprender a querer y respetar la vida con todos sus días. Especialmente esos en los que a las diez de la mañana te sentiste ganador, y a la medianoche lo único que querías era dejar de existir. Porque así es la vida en el fútbol, en el amor y en La Uruguaya, quizás algo predecible… pero absolutamente inevitable.

Trátame suavemente

Existe un espacio entre tú y yo desbordado de asuntos pendientes. Un espacio que se nutre de supuestos, de lo no dicho, de verdades a medias. Es precisamente en ese espacio y no otro, en el que habita mi angustia y las ganas de huir de esta vida que me es incómoda. Entonces decido citarte para hablar de lo nuestro, de esta relación que has decidido mantener suspendida en el tiempo.

Son las siete de la tarde y faltan sólo dos horas para enfrentarme a ti y a esa verdad postergada a la que tanto le temo. Empiezo por la ducha, siento cómo el agua se lleva la cobardía y me prepara para lo que sigue. Pasan un par de minutos, busco la toalla aún con los ojos cerrados y seco mi cuerpo. Lo reconozco después del olvido, lo vuelvo a acariciar. Me dirijo a la habitación y busco el Ultraviolet, lo presiono dos veces sobre mi cuello. Lo reconozco después del olvido, lo vuelvo a disfrutar. Sobre la cama descansa el vestido negro de Banana Republic que compré en tres cuotas sin intereses. Me visto y calzo ese par de zapatos con taco aguja que he usado una sola vez.

Son las ocho de la tarde y faltando una hora aún debes preparar la cena. Exprimes diez limones, la mitad para el pisco sour y la otra para el ceviche de salmón que tanto te gusta. Buscas en Spotify una lista de rock argentino y mientras logras conectarte con los recuerdos de tu última época de soltería, te cortas el dedo anular de tu mano derecha con el cuchillo Tramontina que te regalaron la semana pasada. Siempre has sido torpe y lo sabes. Pero ya no te juzgas, sonríes con la mirada y vas al baño por un parche curita. Te cuidas, después de tanto olvido, decides volver a hacerlo.

Son las nueve. Ya es de noche y está todo listo. Todo tal y como lo imaginaste. Sobre la mesa de centro, un Cabernet Sauvignon que te costó descorchar, dos velas rojas encendidas y un Lilium blanco. Una copa a medio servir y frente a ti un espejo de cuerpo entero. Mientras bebes un poco de vino aparecen las primeras lágrimas. Te observas durante un par de minutos hasta que te reconoces después del olvido. Después de tantos años en los que has decidido mentirte y abandonarte. Sabes que no eres la misma, pero ya no te sientes sola.

Barquito de papel

Quiero reproducir este video por siempre

Não sinto tua falta

Não sinto falta do teu cheiro de perfume importado / Que se portou de mim

Não sinto falta do teu olho repuxado / Nem do teu beijo gosto de dente  / Que morde coração envenenado

Eu não sinto tua falta / Não sinto / Nem lembro de você / Nem da tua respiração ofegante

Eu não sinto falta / Eu sinto ânsia / Distância Do teu signo preto / Do teu silêncio-grito

Sinto ânsia e a provoco / Enfio meus dez dedos na garganta / Pra ver se vomito o teu ser Da minha alma

Dolce far niente

El otro día fui a comer con una amiga al restaurante que está al lado del edificio. Es uno de esos rincones que amo de Santiago, porque no sólo la comida es italiana, sino que también sus dueños, la música, el chef y uno que otro garzón.

Mientras cenábamos le conté un par de cosas que quiero dejar plasmadas aquí para nunca más olvidarme de ellas.

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– Siento que una de las cosas que más disfruté del viaje fueron esos breves momentos en los que pude sentarme a contemplar a la gente. Por ejemplo, una vez nos sentamos en una terraza en la costanera de Porto y vimos cómo algunas personas hacían deportes acuáticos. Me hubiese quedado ahí toda la tarde, observándolos mientras tomaba un poco de vino.

– A ratos me canso de la vida y también de las personas. Te juro que lo único que quiero es estar en Puerto Varas o Frutillar, llevarme un par de libros y descansar. Dejar de existir un rato, ponerme entre paréntesis. Quitarme esta cara de asco, y al fin dejar de estar incómoda.

– Eso que a la gente le pasa con el gimnasio a mí me sucede con los libros. Llegué al punto de que si no leo, me angustio y me pongo de mal humor. El cuerpo, la mente y sobre todo el corazón me lo piden. Me gusta esa sensación, esa consciencia de necesitar algo que me hace bien.

– Creo que, después de todo, los papás hacen lo que pueden. Si lo pienso bien, todo pudo ser muchísimo peor. Mis papás no tuvieron buenas bases. Es un milagro que hayan llegado tan lejos con tan poco, son unos sobrevivientes. No los quiero culpar más. Me aburrí.

– Desde hace un tiempo hasta ahora, cada vez que conozco a alguien, llega el momento en el que me pregunto: ¿qué debo aprender de esta persona?, ¿por qué la conocí?, ¿por qué justo ahora? Y las respuestas llegan, tarde o temprano aparecen en un libro, en un sueño o una canción. A final de cuentas nada ocurre a destiempo.

En resumen, hay que agradecer más y quejarse menos.

Un amor genuino y fuera de control 

Era nuestro primer verano en Caburgua y él se había propuesto como meta personal enseñarme a nadar. Mi padre me sostenía suspendida sobre el agua mientras le pedía que no me soltara. Le decía que tenía miedo, que me iba a ahogar. No, papá. No quiero. Estuvimos toda la tarde metidos en el lago hasta que los labios se me empezaron a poner morados y los dedos de las manos cada vez se veían más arrugados. Mira, papá. Me parezco a la abuelita. Aprendí a nadar cuando tenía siete años.

Mi mamá nunca aprendió. Tampoco supo jamás cuándo ni cómo flotar. Siempre me decía que tuviese cuidado, que el mar me podía tragar, que las olas eran peligrosas, que el agua era el enemigo.

Mi papá me alentaba a ser valiente y aventurera. Cada vez que se subía a algún roquerío del Salto del Laja, me lanzaba un grito antes de saltar y zambullirse en el agua. Nunca me atreví a ser su cómplice. Pensaba que algo malo me iba a pasar.

El primer piquero fue vergonzoso. Estaba en la piscina del condominio en el que vivía mi abuela, y todos mis amigos se mostraban expectantes. Tenía diez años y las risas que escuché al salir del agua aún resuenan en algún rincón de mi infancia. En ese momento supe que iba a tener que aprender, que no sería fácil, que los piqueros requieren de cierta técnica. Los piqueros son como el amor.

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Piquero nos habla de una emoción latente, de la ansiedad galopante que se gatilla frente a la necesidad de recibir un mensaje o algo que nos permita mantener la ilusión de sentirnos amados. Una respuesta que calme la paranoia de sentir que estás fantaseando solo. Un atisbo de reciprocidad.

Empezar a conocer a alguien debe ser una de las experiencias más vertiginosas que podemos protagonizar. Creo que el miedo siempre está presente de algún modo, porque no queremos sufrir, ni mucho menos hacer daño. Sin embargo, nunca sabemos a ciencia cierta en qué va a terminar. Porque termina, de una u otra manera.

Pablo Fernández Rojas utiliza frases cortas, reflejando la precisión e inmediatez de la lógica del chat. Frases que parecen clavados y que apuntan directo a eso que nos duele. Frases que salpican inocencia, ternura, temor, incertidumbre, tristeza, desesperación. Frases que hablan de amor, amor, amor, pero sobre todo de soledad.